Soundtrack Vital

Un compendio irresistiblemente evocador inspirado en los accidentes vitales de Lucho Tapia y Guary Opazo.

Saturday, November 10, 2007

He Barrido El Sol, Los Tres (1991)

Nos habíamos amado tanto

Por esos días yo andaba aparejado con una muchacha de belleza muy extraña, lo cual era bastante habitual en aquella legendaria ciudad durante la última década del siglo; Santiago de Chile era un lugar verdaderamente especial. Su nombre era Mara y venía del exilo, habiendo vivido la mayor parte de su vida en un país europeo. Tal como la gran mayoría de los jóvenes criados en el exilio, sería preciso (y también inadecuado y cliché, lo sé) haber calificado a Mara como un espécimen extremadamente interesante y atractivo –no sólo ante mis ojos. Aunque Mara era la poseedora de una exuberante melena de rulos negros, un par de ojos brillantes y oscuros, y un busto extremadamente generoso, no era el tipo de mujer del cual uno cae perdidamente enamorado debido a su apariencia –al menos no debido a esa clase de accidentes visuales. Los suyo era esconderse, escabullirse, desaparecer. No era ninguna casualidad que adorara tanto la palabra “inasible”, lo cual le escuché declamar en varias ocasiones a viva voz como si sólo ella fuera la única persona con altura moral suficiente como para usarla. El atractivo de Mara residía en un lugar recóndito y oscuro al cual yo sólo pude acceder cuando ya era demasiado tarde. Mara era una mujer de alma pesada y seso inquieto, lo cual era una combinación totalmente terrorífica, más potente que el más sublime canto de sirena para mí. Mara siempre se condujo con la rara elegancia de quien se encuentra viviendo en una época equivocada, unos doscientos años más tarde de lo que le hubiera correspondido. En resumen, yo me sentía atraído a Mara por una serie de razones que en otra circunstancia (otra mujer, otra cuidad, otra edad) me habrían motivado a alejarme de ella. Mara me invitó a conocer la otra acera de la Calle Vital después de haber caminado toda mi vida por el lado soleado. Acepté esa invitación con la ciega certeza de un salto al vacío.

El asunto es que Mara y yo, que previamente habíamos interactuado más bien de forma tibia y superficial como conocidos, aparecimos de pronto y sin que nadie lo vislumbrara, felices de la mano. (Valga quizás agregar que estuvimos juntos en secreto durante más de un mes –una eternidad por esos días- sin que nadie lo supiera. Fue su decisión, lo que me pareció absolutamente natural viniendo de ella.) Y sucedió que cuando Mara y yo aparecimos de la mano, nuestro grupo de amigos comunes pareció no entender lo que pasaba. Lo cierto es que Mara y yo éramos tan extremadamente distintos que era difícil entender qué diablos podíamos estar haciendo juntos; yo no era precisamente un tipo misterioso, retraído, ni solitario, sino más bien todo lo contrario (y los dioses saben cuánto yo disfrutaba esa sensación de estar haciendo exactamente lo contrario de lo que se esperaba de mí.) Y si bien la mayoría de nuestros amigos comunes reaccionó simplemente con extrañeza o algo parecido a la extrañeza, unos pocos reaccionaron de manera francamente hostil. El mejor amigo de Mara, por ejemplo, odió todo mi ser desde el mismísimo día en que me vio por primera vez. Su nombre era Alejo. Alejo era uno de esos cabrones físicamente poco agraciados que sin embargo agradaba a las gentes (y sobretodo a las muchachas) con su magnética personalidad y agudo intelecto. En resumen, un cretino demasiado parecido a mí. Mi ventaja era que su mejor amiga, esa mujer imposible, me consideraba digno de ser su pareja. (Chúpate esa, cabrón, decía yo para mis dichosos adentros.) Recuerdo que una vez que Alejo nos llevaba a algún lugar en su auto (el tener algo que conducir era visto con gran admiración, por lo tanto él era mejor que yo), nos hizo escuchar su último descubrimiento musical: un grupo del sur, llamado Los Tres, que yo desconocía. “Atención, esto es bueno”, anunció Alejo con ímpetu bíblico, alzando la caja del caset en su mano libre. Y mientras íbamos por calle Irarrázaval a la altura de la Plaza Ñuñoa escuchando esas canciones, recuerdo pensar: esta música es atemporal, artesanal, cuidadosa; este grupo es genial. Pedí la caja para ver de qué se trataba. En la contratapa, aparecían los rostros de cuatro tipos, uno de los cuales, un sujeto de apellido Henríquez, parecía contener una carcajada a la vez que desviaba la vista de la cámara que lo retrataba, como diciendo: “no, no tengo cinco segundos para perder en esta estupidez.” Este tipo es especial, me dije. Cualquier letrista que tenga la desfachatez de declararse tonto en la primera canción de su primer disco pertenece a un nivel intelectual superior; por otra parte, cualquier poeta que llegue a escribir algo como “arrastré el calor del basural que brillaba sobre ti” merece mi eterna admiración. Naturalmente no dije nada; nada que pudiera apoyar la opinión de Alejo.

Era una época feliz, dichosa y ebullente. Daba la impresión que todos nos dábamos permiso para hacer lo que nos venía en gana. Mi mejor amigo y yo trabajábamos horas absurdas e interminables atendiendo mesas en un bar con muy poca clase pero intensísimo trajín y nos creíamos los tipos más cooles del planeta. El salía con Consuelo, la mejor amiga de mi novia, formando un cuadro de singular simetría afectiva que parecía forjado en el paraíso. Yo no conocía a Consuelo, pero por lo que mi amigo me contaba, y por lo que yo suponía, debía ser una mujer fabulosa, tal como mi novia. Mi amigo y yo nos emborrachábamos a menudo, escribíamos cadáveres exquisitos y robábamos letreros de tránsito en medio de la noche, los cuales intercambiábamos como regalos de cumpleaños llegada la ocasión. Constantemente era posible vernos caminar de noche por las calles de la ciudad (más por la falta de dinero y locomoción colectiva que por pura devoción) e inventar juegos altamente absurdos. Nuestros ambiciosos planes incluían abandonar definitivamente los hogares paternos en esta patria mínima que nos enjaulaba e irnos a París. Era verano, el sol brillaba y el mundo estaba al alcance de la mano.

Un día, mi amigo y yo logramos la rara proeza de tomarnos el mismo día libre con el expreso plan de hacer una cena “familiar”, con las novias y quizás algún par de amigos. Esa noche tenía una expectativa especial para mí ya que al fin iba a conocer a Consuelo, de quien yo había oído (¿imaginado?) sólo cosas buenas. Nos juntamos en casa de Mara. Su amiga de la infancia, Susana, una pálida germana cien-por-cien, y el imbécil de Alejo también estarían allí.

Es aquí donde mis recuerdos comienzan a ser borrosos, básicamente porque recuerdo muy poco excepto entrar por la puerta de la casa de mi novia, pasar por la penumbra del living, y escuchar el piso crujir bajo mis pies mientras doy el par de pasos necesarios en dirección al luminoso comedor donde están todos. Finalmente, rodeada por varias sombras que bien podían ser el resto de los comensales o incluso fantasmas de verdad, recuerdo ver a una mujer que no podía ser otra que Consuelo, la novia de mi mejor amigo, apoyada en un mueble con su cara dada vuelta en dirección opuesta a mí, dejando a la vista su generosa melena color rojo oscuro, su atuendo imposible, y sus piernas. Sus piernas.

Camino hacia ella. Cuando se da vuelta hacia mí, puedo ver su rostro por primera vez. Una sonrisa, la más luminosa que yo he visto jamás, nace honesta y extensa en sus labios. “El famoso Guary”, dice, y su voz es un canto de vida. La saludo con un beso en la mejilla (bendita costumbre de mi tierra natal) y anuncio: “es un honor, no sabe cuánto he escuchado yo de usted, señorita”, quizás tocando su hombro, la tibieza de la piel desnuda de su hombro izquierdo. Y sonrío, me sorprendo sonriéndole a ella y a ese momento, y sonriéndole también al destino y a lo que está por venir.

Eso es todo, el comienzo del fin. Baudrillard dijo que el acto amoroso no se consuma entre las sábanas, sino durante la seducción. En ese momento, en el iluminado comedor de la casa de mi novia, me doy cuenta con certeza ineludible que todo está consumado. Mi voluntad, mi destino y mi condena son la misma cosa. Todo calza y no hay vuelta atrás. No hay asomo de duda. La ceguera más incurable es la que simplemente se rehúsa a ver. Aquella que incluso puede barrer el sol de este lugar.


Saturday, June 02, 2007

Bone Machine, Pixies (1988)

Mi terremoto privado


Yo vengo de un país francamente curioso. Todos quienes nacimos allí sabemos, sin necesitar ninguna demostración razonable, que durante nuestras vidas seremos testigos de más de algún desastre masivo, una catástrofe destructora del paisaje circundante y responsable que las vidas de muchos inocentes compatriotas sean borradas de un plumazo. Tal catástrofe puede manifestarse de variadas y coloridas maneras: inundaciones, erupciones volcánicas o golpes de estado, aunque más a menudo resulta ser un movimiento telúrico considerable. Un terremoto tan devastador que uno recordará por siempre -si es que, claro, uno tiene la suerte de vivir para contarlo.

Según uno ha escuchado, todo tiene que ver con la teoría de la deriva de los continentes y la existencia de placas tectónicas. Resulta que el país donde yo nací se enfrenta a la llamada placa de Nazca, la cual es alimentada desde la Cordillera Mesodorsal del Océano Pacífico por surgimiento del magma emergente desde el centro de la tierra, el cual ejerce presión hacia la placa Sudamericana, produciéndose un fenómeno de subducción, origen de los sismos ocasionados por este choque. Dado que la zona de contacto entre las placas está sometida a grandes presiones debido al movimiento convergente, ambas placas están mutuamente acopladas, por lo que, previo a la ruptura propiamente tal, éstas se deforman elásticamente a lo largo de su interfaz común. Inmediatamente antes de la ruptura, sólo una pequeña área, firmemente acoplada, resiste el movimiento de las placas. Cuando el acoplamiento en la última zona de resistencia (una aspereza sísmica, en jerga geofísica) es sobrepasado, el esfuerzo acumulado es liberado bruscamente, enviando ondas de choque a través del planeta. La ruptura comienza en el hipocentro del terremoto, esto es, bajo el epicentro, y luego se extiende a lo largo de una zona cuya extensión depende de la intensidad del evento.

Lo que la teoría no ha podido explicar, sin embargo, es la terrible regularidad con la que tales eventos catastróficos se suceden. En el país donde yo nací todo el mundo sabe con certeza casi religiosa que aproximadamente cada diez años uno puede darse por seguro ganador del premio gordo: un boleto en primera fila para ser testigo una vez más de la abrumadora y caótica pirotecnia del Universo dirigida amablemente y libre de cargo hacia uno. Y a pesar que este es un hecho empírico tan cierto como aterrador, nadie parece realmente alarmarse por ello. Quizás por esta razón, todo quien nació en mi país se comporta como un experto en las artes adivinatorias. “Ya parece que se viene uno grande...”

Es por todo lo anterior que lo que me sucedió en una discoteca -adecuadísimamente llamada Trash-, ubicada en el célebre y variopinto barrio de Kreutzberg, Berlín, hace unos diez años, tuvo perfecto sentido, al menos en mi torcido entendimiento chilensis. Sería mi tercera o cuarta vez en la Trash, maravilloso lugar, definición de Lo Alternativo, un garito opaco y sin pretensiones que emanaba una onda grata y acogedora hacia cuanto espécimen raro se asomara por allí. Sucedió esa noche, que mientras tomaba un respiro junto a mi Becks sentado al borde de la pista, noté con cierto desasosiego que el instante entre canción y canción (sí, ese instante que si no es nulo se hace simplemente eterno) se extendía hasta ponerme algo inquieto. Un par de segundos pasan lentos como espectro cargando un ataúd. Cuando ya estoy a punto de mirar hacia los lados, buscando una explicación o al menos una mirada cómplice, es que se desencadena un terremoto. Todo se sacude. Mi entendimiento, mi cabeza, todo mi ser comienzan a ser estremecidos por un terremoto -uno grande.*

BOOOM… turu-turu, turu-turu, turu-turu, turu-turu,

KGWIIIIIIIINNNG!!!

WHAAAAAAAGGGHHHHHH!!!!

Y a pesar de mi nacionalidad, que me hace un experto automático en cuestiones telúricas, me quedo paralizado, sin atinar a nada. Otro par de segundos pasa penoso, viscoso, mientras mi entendimiento yace a medio camino entre la nada y el vacío. Y pasa que entonces, en un acto que nubla aún más mi escaso entendimiento, veo que todos, absolutamente toda la gente en el garito, en vez de escapar, salir despavorida buscando un escape, se dirige a hacia la pista de baile, poblándola hasta los bordes. Luego la masa comienza a saltar, a contorsionarse, a sacudir la cabeza al compás del terremoto: es una visión formidable, poderosa. Trago saliva. Pienso en lo magnífico que es que toda esta gente esté bailando al son de un terremoto. Porque esta canción es un jodido terremoto. Ignoro qué diablos es, pero es lo más potente que he escuchado en los últimos, digamos, diez años.

No fue sino hasta tiempo después que descubrí a los Pixies -cuando por supuesto, ya no existían como tales. Aunque claro, como buen chileno, yo debía haber estado preparado, debía haber sabido que algo grande estaba por llegar a estremecerme. Hacía ya tiempo (diez años, quizás?) que algo no sacudía mi conciencia musical con tal furia desbocada. El asombro, la joda, el profundo morbo de haber escuchado esta canción por vez primera fue nada distinto a esa tarde de 1985 en Santiago de Chile, cuando el suelo bajo mis pies adolescentes se sacudió en serio. Espero impaciente el próximo sacudón.



(*) Ojo, naturalmente no me refiero a un terremoto de adeveras. Esto es lo que la gente culta llama una licencia poética, según me han contado

Black Wings, Tom Waits (1992)

Algunos dicen temerle, otros le admiran


Hay quienes tienen permiso para hacer como les plazca.

Este privilegio no es adquirido, ni brindado por Dios ni realeza alguna.

Simplemente es.

Es inherente al ser. Consustancial.

Es inmutable, inconcebible, inabarcable.

No se puede luchar contra él; es eterno e incambiable.

Es ambos: don y maldición, tal como la inmortalidad de Mefistófeles.

Quien lo posee esta mas allá, muchas leguas delante nuestro, siempre.

Quien lo tiene no reconoce nuestros límites. Humanos, terrestres.

Ellos tienen carta blanca. Para hacer y deshacer.

Sinfonías y catedrales, obras maestras; holocaustos y horrendos crímenes también.

Todo.

Y no hay nada más que uno pueda hacer, sino sentarse a admirar las llamaradas, el brillo, el estruendo.

Y reconocerse inferior.

Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before, The Smiths (1987)

La forma del desencanto

Escuché a Los Smiths por primera vez –de manera seria- en 1992, de forma muy tardía, cuando todas las depresiones endógenas de aquellas hordas de pálidos, infelices y desencajados adolescentes británicos post punk de fines de los ochenta habían ya acabado. Y aunque llegué sumamente tarde al cuento, de igual manera me sumergí en él con todas mis ansias y mi intacta pasión impúber –hasta el puto fondo. Llené mis venas hasta más no poder con toda aquella deliciosa angustia existencial que brotaba fresca y salvaje de los versos de Morrissey y la guitarra de Johnny Marr, sin ninguna vergüenza. El momento histórico lo ameritó plenamente, de manera perfecta y hasta mágica. Hoy lo veo como si fuera una película en blanco y negro, una intensa película en blanco, negro y gris, una película salvaje y de una enternecedora crudeza.

Enganchar con esta canción fue un suceso increíblemente premonitorio. Y duro. Hoy puedo hasta reír, pero entonces... Como sabemos, esta canción trata de un tipo al que le llueve sobre mojado. El mundo se ha vuelto contra él; feroces sucesos lo sacuden y lo hieren. Y las heridas físicas, aunque serias y terriblemente reales, parecen no tener comparación con el infierno que arde en su cabeza. “Who said I lied to her?”, pregunta sin repuesta. Desolación. Castigo físico, más desolación, más castigo físico. Autoflagelación como método de salvación. Y todo porque la persona que ama aún dice amarlo, “aunque solo un poquito menos que antes”.

Era el verano infernal de 1992 cuando escuché estas mismas crueles palabras, a través de un teléfono demasiado distante y demasiado incompleto. Esa corta frase desintegró mi pasado en un instante abrupto e intenso como un latigazo, un latigazo simultáneo en la sien y en las tripas. “The pain was enough to make a shy, bald Buddhist reflect and plan a mass murder”. Fue el shock, el entendimiento preso en un congelador, el alma de pronto convertida en una estatua de sal mirando hacia el lugar equivocado. Y la desolación sin límite cobrando todo mi ser como presa demasiado pronto. “And so I drank one, it became four / and when I fell on the floor, I drank more”.

Si alguna canción salvó mi vida, fue ésta.

La gente se ríe cuando digo esto, pero no es broma.

Love Will Tear Us Apart, Joy Division (1980)

El amor nos hará pedazos


No es el abandono el que nos destroza

Sino precisamente el amor

Somebody To Love, Queen (1976)

Cayendo hacia los cielos


El primer disco LP que tuve fue una fabulosa versión doble de A Night at the Opera y A Day at the Races. Era un bello vinilo de segunda mano que se abría en dos como un espléndido libro revelando las letras de las canciones. Recuerdo que el disco era tan grande que apenas cabía entre mis brazos. (Ahora que reflexiono sobre este hecho, es muy posible que el pequeño en realidad fuera yo, debido principalmente al tamaño constante del formato LP a través de los años). Lo llevaba al colegio constantemente para leer una y otra vez las letras con mis amigos y admirar el arte de tapa. Nos abocábamos fervientemente a estas tareas en los recreos tanto como durante las clases mismas. Era el año 1985 y yo tenía catorce años. A tal temprana edad mis amigos y yo a parecer creíamos tener la madurez auditiva necesaria y suficiente como para tener una apreciación correcta de las complejas formas del rock sinfónico, aunque quizás también debo reconocer que en gran parte el objetivo era pasar por tipos cultos y refinados frente al resto de nuestros compañeros de curso, aun hundidos hasta el cuello en la basura radial ochentera.

Nuestros debates acerca de que canción era la mejor de todas podían ser tan intensos que gatillaban fogosas discusiones y hasta peleas de gran ardor. Alianzas entre dos o tres de nosotros, que en algún momento lográbamos estar de acuerdo, se formaban y deshacían con la velocidad del rayo. Quien se atrevía a tener una opinión distinta, procedía a ser humillado y ridiculizado frente al resto; un par de días de ostracismo parecía ser heroico precio a pagar por mantener la opinión propia; era digno de verse. En el fondo de nuestras impúberes almas, todos sabíamos que Bohemian Rhapsody no sólo era la mejor canción del disco, sino que probablemente la mejor canción que Queen había compuesto y compondría jamás, pero como aparecía en la radio, no podíamos rebajarnos a reconocerla como tal frente al resto del mundo. La elegida por la mayoría de mis amigos parecía ser The Prophet’s Song, que a mi parecer era excesivamente rara, rayando en la ridiculez, con sus eternas partes a capella y sus arreglos tan groseramente pomposos. Por supuesto que mis amigos no perdían un segundo en calificarme de “primitivo”, “inculto”, “sordo” y hasta “estúpido” por no saber reconocer su belleza sublime, aunque después de todos estos años, reconozco que tenían razón. Pero, en aquella época, no había duda que mi favorita era Somebody To Love.

Es curioso, pero han pasado 18 años y hoy la encuentro incluso mejor que antes, poderosa, monumental e increíblemente trágica –en el sentido teatral del término- sin llegar a ser cursi. Ignoro si Freddy Mercury y compañía hayan tenido la intención manifiesta de hacerla parecer una tragedia griega, pero eso es lo que yo veo tras esos fabulosos contrapuntos vocales, donde el coro de segundas voces no se contenta con repetir la voz solista, sino que anticiparla, cuestionarla, retarla a duelo mortal. Esta canción es tan grandiosa, que uno tiende a olvidar lo triste que es. Aquí tenemos a un hombre con el corazón tan hecho añicos, que no duda en implorar ayuda a los cielos, a quien quiera escucharlo. Y sin embargo no provoca lastima, sino inspiración, como si este hombre cayera tan pero tan bajo, que terminara en el mismísimo cielo. Somebody To Love es una lucha de ángeles con espadas de fuego en una leyenda que nació en mi cabeza hace ya bastante tiempo y que aún existe, aún flota en el aire.

What Difference Does It Make?, The Smiths (1984)

Mea Culpa


Hay ocasiones en la vida en las que uno se equivoca de manera excesivamente grosera. Errar no es pecado en ninguna época ni en ningún planeta, eso está claro. Pero algo muy distinto es despertarse un día y metódicamente desencadenar una serie de acciones, una por una, cuyo efecto global es lo que se conoce como una cagada, una gran cagada. Es la mierda impactando el ventilador. Y claro, lo que debe ocurrir a continuación –y que sí, normalmente ocurre con precisión de oráculo- es que esa mierda (volante, pegajosa) alcanza a alguien, alguien cercano a uno. Alguien que uno quiere. Y entonces, la pesadilla se desencadena: es el quiebre, el odio oscuro, ciego y paralizante, las palabras ponzoñosas y los gestos tan sinceramente funestos. Y luego, cuando la tormenta ha pasado, es que recién se asoma lo que será más difícil de aguantar: la ausencia, el silencio, el abandono. Cuando el gris mata al rojo, las emociones bajan a cero Kelvin, y todo se detiene en su trágico sitio. El sordo horror del desencanto es todo tuyo.

Y entonces, con Hercúleo esfuerzo, sales del agujero en que te encuentras (¿el agujero en que te metiste? ¿el agujero en que te metieron?), y emerges de vuelta a la danza…

…sólo para darte cuenta que no eres bienvenido…

¿Qué hacer?

¿Hasta dónde vale la pena… todo?

Respuesta: depende hasta donde uno esta dispuesto a ir.

Una salida: salir, cerrar los ojos y apretar los dientes, cortar la maleza, salvar lo más importante del naufragio. Desnudas tus tripas frente a tu mejor amigo y le preguntas: “What difference does it make?” “¿Qué más da? Aun saltaría hacia la bala que se dirige hacia ti.” Sí, lo sé, me equivoqué, lo lamento, lo lamento sinceramente y lo lamento en el alma… lo lamento desde el fondo de mis zapatos… pero me niego a perderlo todo, me resisto a perder esto.

Pero él no habla. El es cauto y sabio. Y paciente. Puede esperar años. Años. Pasivo como monje Zen, esperando. Esperando sanar. Y esperando también que tú dejes de luchar, esperando a que bajes los brazos, calmes tu fiebre y te perdones a ti mismo primero.

Mas tú no lo sabes, no lo logras entender todavía. Exiges respuestas a tus urgentes preguntas: “Qué diferencia hace? Me haces sentirme avergonzado de tener sólo dos manos… no más disculpas… estoy cansado y enfermo… hoy me he sentido muy cansado y muy enfermo…”

Charlotte Sometimes, The Cure (1984)

Un sueño


...ella ha decidido escapar, no puede aguantar quedarse un minuto más. Ha cargado su mochila con sólo un par de cosas (más por efecto visual que otra cosa…) y ha comenzado a caminar hacia afuera del edificio (¿la institución?) Afuera hay conmoción, parece que alguien da la alarma con un grito "Charlotte se está escapando!"... también hay gente (¿otros pacientes? ¿enfermeros?) que vociferan, que tratan de detenerla con palabras, convencerla de que no se vaya. Charlotte no está en completo control de sí misma, gesticula con las brazos como diciendo "no se me acerquen", sacude la cabeza. Cuando me entero de lo que está pasando, corro hacia afuera y la veo. Está en la calle, caminando de espaldas con paso arrastrado y errático. Viste unos jeans de hombre muy gastados y sueltos, una miserable camiseta a rayas horizontales y zapatillas de lona de un color indistinguible; su pelo esta suelto y desordenado. La mochila a medio llenar colgando de su espalda le da una apariencia algo triste, aunque también poética; parece salida de un cuento. No se muestra histérica, aunque si muy confundida, agotada, hastiada. Su cara refleja la mueca de quien quiere entender una intensa y confusa pesadilla. Voy a su encuentro de la forma menos amenazante que puedo, a paso lento pero constante, sin decir nada, tratando de no mirarla a los ojos muy fijamente para no intimidarla. Al fin llego donde ella está y la abrazo muy fuerte. Charlotte no es mi paciente, pero siempre me ha llamado la atención. Ella es el tipo de mujer que se queda pegada en la memoria de los hombres. Su presencia, siempre, ha conjugado el raro equilibrio entre extrema fortaleza e infinita fragilidad. Lo cierto es que siempre me he sentido profundamente atraído hacia ella -cosa que, naturalmente, nadie en el mundo sabe. Trato de calmarla, de brindarle palabras de alivio, mientras su cuerpo tiembla dentro de mi abrazo. "Debo irme, tengo que irme, estoy podrida", repite. Su voz es como la de quien ha perdido toda su fe en todo. Sigo hablándole al oído, muy despacio, pero parece no escucharme, mis palabras no surten ningún efecto. Siento que su agotamiento es tan grande que simplemente no es capaz de echarse a llorar. Ahora intenta escaparse de entre mis brazos, sacudiéndose, pero yo se lo impido abrazándola aun más fuerte. Silencio, jadeos, temblor. Finalmente decido utilizar mi último recurso. "¿Quieres seguir terapia conmigo?", le pregunto. "Sí", responde de inmediato, como impulsada por un resorte, mirándome directo a los ojos por primera vez. "Vamos a estar bien", le aseguro, le repito varias veces. Entonces ella deja de luchar, deja de resistirse. Apenas su cabeza se ha inclinado en mi hombro, siento como su cuerpo se va desvaneciendo, haciéndose pesado, tendiendo a caer hacia el tibio pavimento de la acera. Yo continúo sosteniéndola firmemente, de tal forma que los dos caemos, muy despacio. Yo me siento; ella, tendida hacia un lado, puede apoyar su cabeza sobre mis piernas, finalmente rindiéndose a un instante de quietud. Rayos amarillos de sol entran en sus ojos celestes, llenándolos de un brillo intenso y generando reflejos increíblemente hermosos. Sus ojos no parpadean por un largo rato y miran hacia muy lejos. Pienso en lo extraño que es que sus ojos se vean tan tristes aunque están llenos de sol. Charlotte respira por la boca en intervalos muy cortos. Sus labios entreabiertos dejan ver sus blancos dientes, los más perfectos que yo haya visto jamás. Al fin, mirándola y sintiéndola aquí tan cerca mío, finalmente recibiendo su tibieza, debo asumir que sí, que estoy enamorado de esta mujer. Sé que he destrozado la línea que separa la salud mental (la mía y la de ella) del desorden absoluto: he decidido hacerme cargo de ella en todos los sentidos, hacerme cargo de sus fantasmas, de sus carencias y de su corazón... Sé clara e inequívocamente que es una pésima elección, pero, diablos… soy yo el que está abrazando a esta mujer imposible, nadie más que yo, así que nadie más puede saber cómo es que mi pecho palpita en este momento. Entonces me olvido de todo y sólo escucho a mis vísceras, les hago caso. Finalmente, con un temor realmente supremo, me dice algo que yo no entiendo: "but you gotta behold of me”.

Walk On The Wild Side, Lou Reed (1972)

“Pero si este tipo ni siquiera canta!”


Aún no comprendo cómo es que me costó tanto tiempo en reconocer el genio de Lou Reed. Es un hecho que durante varios años me resistí muy tercamente –en mi estilo tan propio- a apreciar su música. Recuerdo que mi amigo Andrés, gran fanático, intentó durante mucho tiempo y de todas las maneras posibles hacerme entender. Hoy me es difícil incluso recordar cuál era la raigambre de mi aversión; de lo único que estoy realmente seguro es que mi argumento favorito para desestimar a Lou era: “pero si este tipo ni siquiera canta!”. Pobrecito de mí, ciego como un topo y sordo como una puta pared. Estaba rechazando precisamente una de las cosas que hacen a Lou el genio que es.

Algún periodista imbécil le preguntó una vez al gran Woody Allen por cuál de sus películas le gustaría ser recordado en el futuro, o algo así. Sabia y reasticamente, Woody replicó que lo que en realidad le gustaría es ser recordado no por una película en particular, sino que por todo un body of work, algo que pudiera “ser material para un festival a la matinée durante un par de semanas”. Es muy probable que en el futuro esto efectivamente ocurra, tal como debería también suceder con la monumental obra de este otro judío clever de Brooklyn, Big Bad Lou.

Es por esa misma razón que intentar elegir una sola canción dentro del inconmensurable catálogo Reediano es un ejercicio, si no infructuoso, al menos francamente desalentador, especialmente para un fanático acérrimo como yo. (Así es, finalmente vi la luz.) Si terminé eligiendo Walk On The Wild Side no es porque crea que es la mejor canción de Lou ni mucho menos, sino porque muestra hasta donde alguien puede cantar una canción sin realmente cantarla. Es que hay muchos años de circo detrás de ese fraseo, contenido y preciso como mecanismo de relojería.

Paranoid Android, Radiohead (1997)

La Angustia Mortal y El Embrujo del Hombre Hacia Lo Desconocido

(Un intento de ensayo usando el método Paranoico-Crítico)


Esta canción es un enigma, un oscuro e insondable misterio. Una caja de Pandora sin cerrojo, que libera tormentas y maldiciones diversas cada vez que se la toca. Un conjuro secreto que espanta con la misma intensidad con la que fascina. Tal como el fuego al troglodita o la cabalgadura europea al indígena americano, esta canción ofrece un reto al entendimiento humano, desnudando toda su pequeñez e ignorancia esenciales. Y si todo esto es cierto, es acaso posible que Paranoid Android sea simplemente una canción compuesta e interpretada por una banda británica llamada Radiohead? Mi presunción es que no, y procedo a justificarme.

¿Cómo se puede concebir una canción así? ¿Cómo es posible cristalizar su infame estructura o definir su impenetrable lógica? La respuesta es simple –aunque aterradora: no se puede. Es imposible haber simplemente inventado esta canción.

Y a pesar que esta ultima afirmación parezca absurda –particularmente por el hecho de que sabemos que esta canción efectivamente existe- sólo partiendo de este supuesto será posible intentar acercarse al verdadero corazón del misterio.

En primer lugar, es necesario dejar de llamar a este objeto “canción” y reconocerlo como lo que verdaderamente es: un vehículo. Un vehículo que transporta un mensaje intricado y elusivo, una historia con vida propia, aunque carente de rostro. Y cuando nos cruzamos al paso de este vehículo es que abrimos la puerta, dejamos entrar, queriéndolo o no, a ese misterio. Con todo lo incomprensible que este tema es, podría alguien ignorar o negar la enorme carga que transmite? Lo que esta canción genera en el seso y la tripa del oyente (digamos, en quien es arrollado por el vehículo) es una sensación de profunda inquietud e incertidumbre, que es, por cierto, la natural reacción del ser humano ante lo desconocido.

Al mismo tiempo, y de forma diabólicamente paradojal, no escapamos de lo desconocido tal como posiblemente debiéramos, sino que osamos encontrarlo de nuevo, una y otra vez. Como un canto de sirenas, Paranoid Android anula nuestro juicio e instala su presencia firme y persistente en nuestras rudimentarias mentes. ”Escuchaste Paranoid Android?” me han preguntado muchas gentes sin que la conversación previa amerite mencionarlo en lo absoluto. Es que sabemos que hay algo importante tras esas guitarras estruendosas y esas voces sufrientes, tras esos ruidos extraños que recuerdan goteras, avalanchas, sierras eléctricas y tubos de escape. ¿Y la letra? ¿Qué diablos puede significar “the crackle of pig skin / the dust and the screaming / the panic, the vomit / god loves his children, yeah”, que creemos es digno de recordar? No importa; de igual manera sentimos la necesidad de esparcir el Evangelio, aun ignorando si las nuevas son buenas.

En un acto no exento de terror, me atrevo a afirmar que esta canción ha existido desde siempre en múltiples formas, a través de la historia. Paranoid Android es un secreto que insiste en ser re-creado por el hombre, sin siquiera ser entendido. Tal como el canto de sirenas o la caja de Pandora. Como el Arcángel Gabriel o los rollos de Mar Muerto. Como el Santo Sudario. Como Stonehenge y como el idioma Vasco. Como la vida misma, un misterio.

El secreto, impenetrable, sigue a salvo.

Friday, June 24, 2005

Óleo de Mujer con Sombrero, Silvio Rodríguez (1970)

Dedicado a Marta O.


Recuerdo una maravillosa y soleada tarde en Santiago de Chile, hace mucho tiempo. Recuerdo presenciar el atardecer y sentirme feliz de estar vivo, a pesar de saberme incompleto. Recuerdo descansar sobre el cuerpo de la mujer que yo más deseaba en el universo, sentado en las escalinatas de la entrada de algún edificio del ilustre Instituto Pedagógico. Recuerdo simplemente yacer sobre ella, dejar mi espalda descansar sobre su tibio pecho y ser acogido por sus brazos generosos, sentado sólo un escalón más abajo que ella. Recuerdo abrazar sus piernas, recuerdo sus manos también abrazándome, su cabeza inclinada sobre la mía y su respiración (y tal vez algún murmullo en mi oído.) Recuerdo su ropa, su aroma y su cabello largo y brillante al sol, cayendo sobre mis afortunados hombros. Recuerdo estar así por muchas horas, la tarde entera. Recuerdo tener la certeza que la vida no necesitaba brindarme nada más que eso que yo ya tenía: estar ahí, simplemente entre sus brazos, en un espacio que era sólo nuestro. Íntimo e irrepetible.

Recuerdo no ver su rostro durante todas esas horas que estuvo a mis espaldas, y no lamentarlo. Lo cierto es que yo ya sabía su rostro de memoria -su sonrisa ya era mía, sus párpados también- y lo único que necesitaba esa tarde era tener paz, dejar de luchar -que era aquello que ella y yo hacíamos constantemente, con un precioso y ciego fervor adolescente. Recuerdo adorar el hecho de ir contra los cánones y dejar mi cuerpo descansar sobre el de ella, en vez de lo opuesto. Recuerdo sentir un extraño orgullo de abandonar mi rol masculino y estar feliz que ella estuviera deseosa de hacerse cargo de ser fuerte y acogerme. Recuerdo sentir su amor, la forma de su amor: sus ganas de hacerme saber que a pesar de todo ese confuso mundo que habitábamos, ella deseaba sentirme cerca, tanto como yo deseaba su cercanía.

Recuerdo gente alrededor yendo y viniendo, haciendo cosas absurdas e inútiles como ir a clases y rendir exámenes, comer de pie y contar chistes, correr para alcanzar una micro, ignorando completamente que esa tarde había sido hecha exclusivamente para que los amantes dejaran todo de lado y se sentaran a estar juntos por mucho rato, brindándose su mutua necesidad, sin demandas y sin trampas. Esa tarde también hubo palabras, pero yo no las recuerdo; las palabras no podían darme nada más de lo que yo ya tenía: el ser acogido por el cuerpo, tan real, tan tibio y tan concreto, de esa mujer que era quien yo más deseaba en el universo. Las palabras que ella y yo usábamos eran confusas e imprecisas: nos alejaban en vez de acercarnos. Lo cierto es que ella y yo vivíamos en el centro del miedo y la incertidumbre, y tontamente usábamos esas palabras, tan toscas y tan nefastas como para intentar entender, definir, dar forma a ese algo que nos rebasaba. Pero esa tarde los cuerpos no mentían: cada caricia era una verdad pura e intensa; cada vena vibrante, cada pulso, un paso correcto hacia el corazón del otro.

No creo haberla besado. Creo haberlo intentado, y saber de inmediato que aquel no era el día para empujar la vida en esa dirección. Recuerdo no haberlo intentado más, nunca más. Recuerdo no entender por qué, pero saberlo. Recuerdo renunciar a entender.

Recuerdo pensar en ella constantemente. Recuerdo temblar como una hoja cada vez que la veía. Recuerdo esconderme en voces y ausencias tanto como ella lo hacia conmigo. Recuerdo nunca dejar de desearla.

Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo…

Thursday, June 23, 2005

Sentimental Blues, Fulano (1989)

El glorioso año de nuestro señor que lleva el numero 1989 ocurrieron demasiadas cosas. Salí del colegio. Me fui de casa. Estuve en una escuela de guerrillas. Fumé mi primer porro y me pegué el primer polvo. Tuve una iniciación delirante y espontanea a lo que, mas tarde, con mas humor pero idéntico miedo, resolví llamar “mi época doble”. Recibí los votos de novicio en la secta de extraviados. Escribí los primeros poemas que me parecieron dignos de ese nombre. Por alguna razón, todo aquello me resulta ahora leve y hasta tierno, pero la verdad es que no dejé de tener miedo un solo momento. El miedo era el aire que respiraba y el nombre del hada que se encargaba de mi custodia, mi pasaporte y mi casa.
Por esos días yo solía estudiar en un establecimiento llamado “San Pedro Apostol” que reclutaba a sus usuarios entre las hordas de vagos, drogatas, troskistas ortodoxos o no tanto, y en general entre toda clase de analfabetos alucinados o furiosos que eran expulsados de otros colegios. Era un autentico vertedero humano, un basural de almas desechadas, lo que lo hacía un sitio interesantísimo, un magnifico lugar para hacer todas las cosas que uno puede o debe hacer en un colegio cuando no es necesario tomarse la molestia de estudiar. Allí hice amigos y, naturalmente, mis amistades dejaban mucho que desear. Eran tres. Uno de ellos era un sujeto cuyo mote le hacía una justicia sorprendente a su aspecto físico: le llamaban el pescado y era mi compañero de banco. Los otros dos eran un tipo crespo que fumaba porros mientras leía a Trosky, actividades estas las únicas que recuerdo que halla desempeñado en el colegio, y el otro era un tipo con aspecto de tira que creía que Jim Morrison era lo mejor que le había ocurrido a la humanidad desde el descubrimiento de las substancias psicoactivas. Estos personajes eran, aunque resulte curioso decirlo, mi visa hacia una región que entonces me resultaba sospechosa e irrisoria y que, en pocas palabras, puedo definir como vida escolar.
Porque vida escolar, así, como suena, yo no tenía. Acudía al colegio cuando mi pereza o mi vida de activista en versión matchbox, o mi dejadez o algún impulso incierto o innombrable, pero que se seguro nada tenía que ver con la responsabilidad, me lo permitían. Huía a media mañana, falsificaba certificados médicos y descubrí un talento ignorado para reproducir las firmas de mis padres y hasta de padres enteramente ajenos. Me había convertido en un maestro de la cimarra, un completo y acabado profesional del ausentismo escolar. En esas cirscunstancias no resulta extraño que mis compañeros de clase me resultasen tan ajenos como una patrulla de marcianos aterrizando frente a mi casa. Y yo a ellos. De modo que mi único vínculo con ese establecimiento y, en general, con esa molesta realidad que configuraban pruebas escritas, trabajos para la casa, libreta de notas y test de cooper, estuviera cirscuscrito únicamente a esos tres personajes que, como se podrá imaginar, tampoco sentían una inclinación especial al estudio. Durante ese año fue rara la ocasión en que no presentasemos un trabajo perfectamente clonado en cuatro variantes idénticas, raro que nuestras pruebas en las diversas materias no adolecieran de los mismos errores ni incurriesen en las mismas –y pocas, todo hay que decirlo- virtudes. Los deberes los hacíamos en el piso del trosko o en un pool cercano al colegio. Nos turnabamos para asistir a ciertas clases. Nos transformamos en una perfecta celula que libraba su solitaria batalla contra la institución educativa.

Pero eso no era todo. También escuchabamos música. Hasta ese momento la música, al menos para mi, era una actividad solitaria, algo que se llevaba a cabo bien protegido por las cuatro paredes de una habitación herméticamente cerrada, o un acto de comunión colectiva, una especie de misa con concurrencia variable donde todo importaba, menos la música que se interpretaba o escuchaba, al caso da igual. Con este extraño trío me acostumbre a largas y mas bien humeantes y húmedas veladas donde lo único que se hacía era, básicamente, escuchar música. No teníamos demasiado de qué hablar, eso es verdad, pero también es verdad que la íntimidad que engendraban esas audiciones a cuatro pares de orejas y porro solista, son, vistas a la distancia, una forma tan apasionada como cualquier otra de residir en la amistad. Naturalmente escuchabamos mucho Doors, bastante a Pink floyd, algo de Jazz macarra y muchas bandas extrañas y lisergicas de ls sesenta o setenta. En eso disentíamos. A mi me gustaba mucho Pink Floyd, algo menos The doors, y casi nada el Jazz, que el trosko rescataba como única contribución importante del capitalismo a la historia de la música debida, por otra parte, como nunca dejaba de añadir, a la lucha libertaria de los negros y explotados, lo que hacía sonreir al pescado, que rayaba con Creedence y con los Beach Boys, y bostezar a nuestro amigo, el tira, que soltaba alguna sentencia sacada de los libros de Castaneda o del “american prayer” para soltar luego una conferencia sobre Morrison, el chaman. Todos menos el pescado coincidíamos en un amor excesivo y hasta desmesurado por King Krimson. Todos menos el Trosko alucinabamos con los últimos discos de los Beatles. Sin embargo, había un mínimo común denominador, una experiencia músical que nos incluía.

Fue a principios de año. Habíamos estado haciendo un trabajo de historia, creo, no estoy seguro, aunque si lo estoy del día (un jueves) y del lugar (un bar con pool en Manuel Montt con Irarrazabal), cuando nos pusimos a caminar por Irarrazabal buscando otro bar (del otro nos habían echado despues que una pareja de pacos vió nuestros uniformes de pinguinos). Supongo que estabamos medio acalambrados por la tarde de pie, maniobrando con los palos, porque nos metimos al primer bar que encontramos, en los altos de un restaurant chino, casi llegando a Salvador. El lugar se llamaba Momo’s y no parecía especialmente atractivo sino más bien todo lo contrario. Cuando entramos, se nos reveló un recinto mas bien pequeño, oscuro, escasamente decorado, con cinco o seis mesitas y una tarima donde habían varios instrumentos. Naturalmente, cuando vimos los instrumentos pensamos lo peor, algún grupito de escolares enfadados o de escolares o postescolares arruinados para siempre por el síndrome Police, el virus letal del pop chileno y del pop argentino y de casi todo el pop sudamericano –aunque esto sea tambien un oximoron- y nos dispusimos a huir cuando hubiesemos bebido un par de birras. A la hora no había aparecido grupo ni público y ya estabamos bastante borrachos, lo suficiente como para quedarnos allí, por lo menos. El concierto comenzó finalmente tres horas despues. Habían diez o doce personas, no recuerdo, pero recuerdo que era una cantidad absurdamente exigua, una cantidad apropiada para una misa negra o una sesión de espiritismo pero, por favor, no para un concierto de rock. De cualquier modo, en ese momento aparecieron los integrantes de la banda, seis tipos de aspecto de aspecto bastante extraño, uno de ellos bajista de un conocido grupo folklórico, de esos que cantaban canciones con hartos amaneceres y/o puestas de sol, se instalaron sobre la tarima y comenzaron a tocar.
No se si es por efecto de la nostalgia o de la adolescencia o de una combinación de ambas pero hasta el día de hoy guardo ese concierto en la memoria como si fuese la cruza perfecta entre una sesión de picana y un colocón grado mil. Hasta ese momento nunca había visto a alguién tocar un clarinete como si quisiera estrangularlo, a nadie sudar con semejante mueca de satisfacción, a nadie tocar una guitarra como si fuera un arpa o un corno frances o un cultrun. Esos tipos eran verdaderas bestias y en un par de horas enseñaron y redujeron a escombros todo lo que yo pensaba acerca de la música. Y por dios, esa voz. Esa cascada de belleza que se instalaba en tu piel como si la musica fuese una cuestión de sudor y de nervios, de sangre y de gemidos y, por ningún motivo, algo que concerniera de alguna manera a tus oídos. La furia elevada al rango de obra de arte. O la demostración de que el arte no es otra cosa que la alianza entre furia y delicadeza, entre sufrimiento y placer. No hablamos durante el concierto ni lo hicimos cuando terminó, de forma algo abrupta, despues que el saxofonista y el bajista –el del grupo de los amaneceres y las puestas de sol- sacaran del escenario a un bulto que apenas diez minutos antes cumplía competentemente con el rol de batería, pero aquello nos brindo una comunidad de espíritu que se mantuvo inalterable a lo largo de ese año. En eso no hay tanto misterio. Es la complicidad que engendran los amores comunes, las catastrofes compartidas a sus sobrevivientes, el fervor compartido. Pero tambien proviene del milagro de descubrir algo en compañía, la agradecida y espontanea sensación de que el mundo es o puede ser una joya inmensa.

Wednesday, June 22, 2005

El Derecho de Vivir en Paz, Víctor Jara (1971)

La muerte ha sido vencida

Una certeza, pura y luminosa: el ser humano es, a pesar de todo, la esplendida cúspide de la creación.

Es aquí, adentro de esta burbuja utópica del entendimiento donde esta canción me lleva. Aquí adentro sé al fin, sin asomo de duda, que no existe criatura más maravillosa, más rica y más bella en todo el cosmos. Dejad de buscar! No hay forma de vida alguna capaz de contener tanto poder ni tanta promesa. No me hablen de destrucción, de hambre ni de miserias; dentro de esta canción nada más cabe, nada más que la identidad indeleble del hombre como ser ideal y supremo.

Durante el par de minutos en que esta canción vive y respira, obtenemos evidencia que la batalla entre el bien y el mal fue ganada por el bando correcto durante la creación. En ese día supremo –que desconoce Biblias, Coranes y Talmudes- se definió la asimetría moral de la especie: el ser humano es, en su esencia más básica y original, el bien mismo. El hombre es su propio dios, el único creador.

En particular, este hombre, Víctor Jara, se eleva por sobre el gris del mundo en que le tocó vivir creando esta joya universal e irrepetible, el gatillo que desencadena y revela esta certeza. Este hombre, que para bien o para mal ha sido envuelto por la historia con el trágico manto de sus horas finales, nos muestra que es posible vivir para siempre. Con El Derecho de Vivir en Paz, Víctor Jara no solo le sonríe a la vida, sino también a la muerte. Usando esta canción como invencible escudo protector, Víctor Jara burla a la muerte antes de encontrarla. La recibe feliz, con los brazos abiertos.

La muerte que no es temida no es más ese insondable pozo de oscuridad eterna, sino la demostración absoluta que una vida bien vivida siempre habrá sido provechosa. Una muerte bienvenida es una luz que desconoce sombras. Con esta canción, Víctor Jara nos recuerda que todas y cada una de las vidas cercenadas en la defensa de aquella pequeña nación valió la pena. Cada una fue un ingrediente esencial para un objetivo más grande y más puro: el Derecho de Vivir en Paz.

Palido, Christina Rosenvinge (1996)

Uno tiene debilidades, placeres culpables, amores que uno cultiva en riguroso secreto. Cosas que, mas que avergonzarnos, no calzan con lo que uno es –en el caso que uno realmente sea algo, despues de todo-. Amores que, quizas por eso, por iluminar zonas reservadas dentro del parque temático del yo, uno cuida como a templos, flores raras en un medio de un jardín enrarecido. Debilidades que siempre se le atribuyen a uno –o se las explica uno- por las razones equivocadas. Cada vez que yo cometía el error garrafal de confesar que me gustaba la Cristina Rosenvinge, mis amigas pensaban que lo que yo realmente quería era follarmela, y mis amigos mas o menos lo mismo. Incluso yo llegue a pensar eso. Hasta que un día me sorprendí a mi mismo, escuchando esta canción con la mirada extraviada en una mata de ficus mientras la luz del sol se retiraba. Por mas que lo pienso no puedo imaginar una escena eróticamente menos estimulante. Si hasta parecía enternecido o, mas honestamente, idiótizado. Vaya, pensé, y por si acaso puse Stop y dejé a mano un disco de los Pixies –compartía el piso con mas gente, no fuera a ser que uno entrara sin llamar a mi puerta. Lo deje a mano, pero no lo puse, no lo puse porque comprendí que hay cierto estados de ánimo que el mister Black no acompaña competentemente. ¿Y la Rosenvinge sí?, pensé. Joder, uno no termina nunca de conocerse, me dije. Y volví a poner el disco. Y volvió a sonar la canción. Y volví a escuchar esa historia transparente, tan trasparente que parece que se hubiera evaporado de pronto, dejando apenas algo de marro en el fondo de la taza. Volví a pensar que la nostalgia tiene la propiedad de disolver los enfasis y de atenuar lo áspero, de limar y encerar. La propiedad de enseñar todo desde su ángulo efímero, desde el punto en que se vincula con el olvido y comienza a desaparecer frente a nuestros ojos. Y pensé que la voz fragil, quebradiza de la Rosenvinge, que resulta pura por lo torpe y cruje a veces como una oblea, encarna esos atributos como la guitarra de Cobain el desasociego absorto o la guitarra de Fripp encarna la perfección asediada. Pensé que eso es honesto y puro en lo puro y que ni la belleza ni la ebriedad –ese par de cosas mayusculas- ni la pasión ni el exceso –esas cosas épicas- consiguen ese dramatismo menor, palpable, tan de andar por casa; esa revelación con olor a nescafé, a salsa de tomate, a cigarrillo recien apagado. A veces, creo, es bueno sacrificar a dioses menores, a los segundones sagrados, a las iluminaciones peso mosca que se pasean por el ring del yo. La señorita Rosenvinge quizas piense otra cosa. Pero en cuanto a su voz y a sus canciones las cosas están claras. Tambien en cuanto a su cuero. Esta muy, pero muy güena.

Tuesday, June 21, 2005

El Soldado Trifaldón, Charo Cofré (1971)

La primera lección

Es aquí donde mis recuerdos comienzan.

Antes de esta canción no existe nada, al menos nada que yo pueda considerar parte de mí, de mi propia vida e historia; nada más que la suposición de la existencia de un minúsculo poroto biológico cuyo rol en el universo se reducía a beber descomunales cantidades de leche y dormir plácidamente el resto de las horas, sumido en el más feliz de los olvidos.

Y como nada existe antes de esta canción, quizás es justo decir que mi vida consciente, real y concreta, mi status de entidad interactuante con el mundo, mi entendimiento, mi estructura valórica -o la ausencia de ella, todo, comenzó cuando escuché “El Soldado Trifaldón” por primera vez (y por segunda, por tercera y por enésima; considerando el quizás tozudo carácter del autor, seguro que este proceso no fue algo instantáneo; seguro debió tomar algún tiempo considerable.)

Tras todo este montón de años que he tenido la desfachatez de coleccionar, me doy cuenta que esta canción me dio mucho más de lo que podía haber sospechado. Si de niño hubiera sido capaz de escuchar la historia más atentamente, podría haber entendido que lo que la Charo Cofré me cantaba (s
í, lo que ella me cantaba a mí) era mucho más que una canción infantil. Siendo un poquito más asertivo, o teniendo simplemente un poquito de eso que le llaman visión de gol, habría aprendido con unos quince años de anticipación una de esas lecciones vitales de proporciones bíblicas que uno debe tarde o temprano tragar -ahorrándome de paso una serie de ingratos inconvenientes y hasta desastrosos eventos que ocurrirían durante los años venideros y que me tendrían de co-protagonista. Ahora que lo pienso mejor, este descubrimiento sirve como ejemplo supremo del hecho que algunas de las Grandes Verdades de la Vida pueden obtenerse de las fuentes más básicas y accesibles, como una canción de la Charo Cofré. Impresionante, a no dudarlo.

Lo que pude haber aprendido de niño es lo siguiente: que uno puede poseer algo muy preciado, e ir por la vida contento y feliz luciendo su tesoro, tal como el Soldado Trifaldón, hasta encontrarse con alguien que pretende arrebatárselo a cualquier precio, por la fuerza si es necesario. Tras ser atacado, uno es puesto en la compleja situación de devolver el golpe, como natural reacción; pero si la herida que uno produce al defenderse, por muy legítima que sea, provoca un efecto destructor feroz, uno debe tener la estatura moral suficiente para echar pie atrás, reconocer el daño y sinceramente pedir perdón. Es necesario tener la claridad mental suficiente para saber que lo justo y lo correcto no son necesariamente la misma cosa; que es bueno ser fuerte y saber defender la propia baldosa, pero es mucho mejor darse cuenta que las demás baldosas circundantes -y por lo tanto las gentes que las habitan, forman parte del mismo cuento, nuestro cuento, la vida misma.

Naturalmente, el hecho que uno no aprenda este tipo de cosas cuando debiera no sorprende a nadie -sobretodo este jodido asunto de cómo uno puede engrandecerse a través de la humildad (una sonrisa medio irónica y medio carente de fe se escapa por un lado de la boca de Escorpio al escribir esto.) Pero así es la cosa. No es fácil. Nadie nos dijo que sería fácil.

El Pueblo Unido, Sergio Ortega (1969)


Yo no se, esto es extraño admitirlo, pero uno de los eventos más importantes de mi vida, uno de aquellos capaces de torcer para siempre su rumbo, fue el momento en que me convertí en militante de las Juventudes Comunistas. La jota, para los amigos. Aún hoy recuerdo el momento en que eso ocurrió con una claridad que me deja helado. Era viernes. La Chabela, que era la comunista oficial del curso –en Chile, en esos tiempos, todo curso escolar tenía uno-, se me acercó despues de una clase y me apartó. Aquello ya era serio, ella era una chica seria y yo todavía estaba en esa edad idílica en que una charla de a dos podía rozar la seriedad o tomarla de los pelos o tal vez acariciarla, pero de ninguna manera ir de frente a su encuentro. Nos sentamos en un rincón del patio del liceo, una especie de duna cerca de la cancha de futbol, y una vez allí ella dio inicio a un confuso discurso. Tan confuso, la verdad, que no entendí una sola palabra. Había muchas, sin embargo, un aluvión de ellas, porque fue sólo a los diez o quince minutos que la Chabela entró en materia. Habló de condiciones subjetivas y de acumulación de fuerzas, de realidades históricas y de despertares, de sueños profundos y muertes súbitas. Aquello, de hecho, no era un discurso, era una exortación, un llamado en toda regla a coger las armas y lanzarse a la sierra. Supongo que en algún momento se dio cuenta que se le había ido la olla, o mi aspecto indefenso le dio miedo, o sucumbió a los momentos paranóides que todo buen jotoso incubaba con afecto y disciplina, no se que ocurrió, pero se quedó de repente en silencio. Un silencio donde yo leí todas las cosas que habrían de ocurrir despues, aunque todavía fuese analfabeto en la lengua en que me hablaban. Se quedó callada y, tras dos o tres minutos, me tomó la mano. Aquello ya era suficiente como para hacerme traspirar, mas que cualquier coche de pacos, mas que todos los ejercitos de la tierra. Suficiente como para hacerme traspirar y sudar como esquimal perdido en un sauna, para borrar mis facciones y blanquear mi cara, para dejarme tieso como un obelisco. Me tomó la mano y dijo que eso de los discursos no se le daba, que yo no era imbecil, que sabía de que le estaba hablando. En ese momento mi labio inferior comenzó a temblar. Creo que nunca en mi vida había padecido un contacto tan prolongado con un ejemplar humano de sexo femenino. Yo había supuesto que eso era un momento dulce, de incomparable placer, y lo que en verdad era se parecía a estar comiendo con tu familia y, de repente, sentir que te esta brotando una aleta de pez junto a tu nariz. Pasaron los dos segundos mas largos de mi vida y entonces escuché que decía: lo importante es que no estamos solos. No estamos solos y somos muchos. No se si eso me conmovió o le añadió una dimensión reconocible a la escena –algo con lo que yo podía identificarme- o lisa y llanamente mi ataque de pánico al roce de una mano femenina desapareció tan rápidamente como había llegado. El caso es que el sudor amainó, cierto color volvió a teñir mi rostro, mis manos se afloraron y mi boca volvió a ser un entorno húmedo. Estamos sólos, no estamos sólos, pensé. Luego me preguntó si quería entrar a la jota y yo le respondí que si.

Entonces me sentí adulto, casi poderoso.

Tuesday, April 26, 2005

Lithium, Nirvana (1991)

La química como inútil salvavidas


Tengo una sola cicatriz en mi rostro. Es un pequeño corte horizontal de uno o dos centímetros de largo sobre mi ceja derecha. Está ubicado hacia el extremo exterior de la misma, cerca de la sien. Con los años se ha ido borrando y reduciendo un poco, hasta volverse bastante poco notoria. Cuando mi rostro está relajado, es casi imperceptible; sólo llama la atención cuando levanto mi ceja al poner cara de sorpresa (ambas cejas arriba) o de duda (una arriba y una abajo), o cuando mi rostro es iluminado por una luz tenue dirigida preferentemente desde arriba o desde algún otro ángulo raro. Han pasado ya casi diez años desde que la adquirí, y después de todo este tiempo, como ocurre con muchas cicatrices, he aprendido a relacionarme con ella de un modo bastante familiar, casi apreciativo. Hoy sin duda puedo decir que tengo a mi cicatriz en bastante alta estima, y que la echaría algo de menos si no estuviese allí.

El hecho de llevar mi cicatriz a cuestas por la vida me ha revelado un sinnúmero de verdades, en particular la comprobación del famoso adagio que dice que “las cicatrices cuentan historias”. De hecho, mi cicatriz podría contar de aquella infame noche que marcó su aparición, de su creación de la nada misma, hasta, digamos, el posarse de manera indeleble y eterna sobre mi ceja derecha. (Aunque, como será fácil adivinar, “posarse” no es quizás el término más adecuado.)

El litio se utiliza como tratamiento de personas con desorden bipolar, también conocido como enfermedad maníaco-depresiva. Este trastorno se caracteriza por cambios cíclicos del humor, muy altos (manía) y muy bajos (depresión.) En ocasiones estos cambios son dramáticos y rápidos, aunque lo más habitual es que se produzcan de forma gradual. Cuando un individuo se halla en la fase depresiva puede presentar alguno o todos los síntomas del trastorno depresivo. Cuando se halla en la fase maníaca, suele mostrarse con un estado de ánimo exaltado y expansivo, hiperactivo y con una gran necesidad de hablar. La manía suele afectar al pensamiento, a la capacidad de juicio y al comportamiento social de forma que llega a provocar situaciones muy violentas.


Ocurrió la noche del 8 de abril de 1994; recuerdo la fecha con precisión quirúrgica por razones que serán evidentes mas adelante. Esa noche, noche de fin de semana fresca y adolescente, me dirigía a una fiesta en compañía de una buena amiga mía. Dicha fiesta tendría lugar, como era usual durante aquellos años, en casa de alguien; alguien que nosotros naturalmente desconocíamos personalmente, lo que por supuesto poco importaba. Valga decir que la casa donde esta fiesta se llevaría a cabo estaba muy, pero muy lejos de todo. Recuerdo tomar varios microbuses, caminar y caminar mucho rato escuchado a mi amiga hablar de una multitud de temas, cosa que a ella se le daba muy bien, blah, blah-blah. De pronto, en lo que pareció ser tan sólo un nuevo cambio de tema en su florida transmisión verbal, mi amiga detiene sus pasos, llevándose ambas manos a la boca en ese gesto tan suyo de “ooooh, esto no me lo vas a creer!”, salvo que -oh cielos- su incansable entusiasmo pareció de pronto opacar, hacerse pesado, empantanarse en un charco de lodo viscoso y profundo. Y antes que ella dijera nada yo recuerdo decirme a mí mismo algo así como “oh, aquí se nos viene algo fuerte”. Díjome ella: “Guary, pucha, parece que no te has enterado, así que te lo digo yo. Para, para. Listo? Aquí va: Kurt Cobain se suicidó, se pegó un tiro, está muerto. Salió en las noticias. Hoy. Sí, hoy lo encontraron en su casa con la cabeza hecha mierda y con una escopeta entre las manos. Pucha, Guary...”.

De inmediato supe que esa noche estaba destinada a convertirse de una manera u otra en una catástrofe de aquellas; sólo bastaba esperar. Debía ser así. En particular, mi noche debía ser, al menos, una noche desastrosa. Y cómo no, si la cabeza de Kurt Cobain estaba hecha pedazos? Naturalmente, de forma inmediata quise irme de allí, acabar con la incerteza, volver a mi casa a ver las noticias y comprobar si lo que mi amiga decía era cierto... pero ella me lo impidió, con eso de que “ya habíamos viajado tanto, que ya estábamos por llegar, que la fiesta me iba a hacer bien para despejarme, y que blah, blah, blah...”.


La depresión bipolar esta íntimamente relacionada con el suicidio y la muerte prematura debido a condiciones patológicas derivadas del stress y/o complicaciones del abuso mórbido de drogas. Como los pacientes con tendencias suicidas y depresión bipolar son excluidos de la mayoría de los experimentos clínicos, muy poco se sabe de las verdaderas contribuciones de los tratamientos de trastorno emocional como manera de reducir la tasa de mortalidad de tales pacientes. A pesar de las complejidades clínicas y éticas asociadas con los estudios sobre el suicidio, una gran cantidad de evidencia ha ido surgiendo que demuestra que el litio controla en gran medida las conductas suicidas en pacientes con desordenes psiquiátricos severos.


Me quedé. Naturalmente, la noche no tardó en volverse desastrosa. La fiesta era una fiesta común y corriente, con mucha gente y escasos vasos plásticos conteniendo cerveza tibia y sin espuma. A mi amiga la perdí de vista apenas entrar; no la volvería a ver sino hasta la mañana siguiente. Recuerdo dar muchas vueltas, no conocer a nadie, sentirme incómodo, inquieto, fuera de lugar. Muchas imágenes pasando mi mente, muchas imágenes terribles y confusas, todas concebidas con el malsano material de la incertidumbre. La cabeza de Kurt Cobain hecha pedazos. La cabeza de Kurt Cobain hecha pedazos. Recuerdo hacer mención de la noticia a algunas gentes, y recibir sólo reacciones de tibio y tenue desencanto, cuando no algún chiste abiertamente morboso, lo que me hacía sentir bastante alienado. Di más vueltas. Más por deporte que por otra cosa, me puse a bailar. Slamdance, naturalmente, fabricando junto a otros un caos masivo y rebotador en el diminuto living-room de esa casa de La Florida, sin más luz que la que llegaba de las luces ámbar de los faroles de la calle. Sacudir la cabeza hacia arriba y hacia abajo con mucho ímpetu, saltar, empujar; ser empujado. Empujar cuerpos con quizás una pizca más de mala leche que lo usual. Recibir un fuerte estrellón de un cuerpo en particular; estrellar a tal cuerpo de vuelta con violencia, enviarlo bastante lejos. Y luego, claro, recibir un furibundo golpe de puño en el rostro, y luego otro, y otro más. Mi pelo (largo, parcialmente sobre mi rostro) me impide ver de donde vienen los golpes, pero es claro que vienen desde más de un sitio. Digamos que a estas alturas, aunque simplemente han pasado un par de segundos, puedo darme cuenta sin asomo de duda que mi agresor original cuenta con el apoyo concreto de varios de sus amigos, fervientemente abocados a la tarea de darme una paliza. Con mi escaso talento boxeril, intento principalmente de cubrir mi rostro y de vez en cuando lanzar algún puño de vuelta, el cual nunca provoca el efecto deseado. Hasta que veo el flash, el típico flash de intensa luz blanca que anuncia la recepción de un golpe formidable, preciso y feroz, que destaca claramente sobre el resto. Flash y silbato en los oídos. Cuando este efecto se ha disipado, es que siento mucho sudor correr por mi rostro, un sudor bien caliente que me entra al ojo derecho y me hace doler. Restregar mi ojo y ver que es sangre, no sudor, lo que corre por mi cara. Mirar mis manos con incredulidad, levantar la cabeza y gritar a mis agresores: “ya! basta!” Dirigirme, con tosca urgencia y a oscuras hacia el baño, el cual ignoro completamente donde está. Golpear varias puertas con vehemencia, exigiendo la entrada. Ser ignorado al anuncio de “nooo, aquí no hay nadie fumando yerba!”. Golpear más puertas; comenzar a preocuparme debido al hecho que efectivamente he perdido la vista en mi ojo derecho y fantasear con la desagradable idea de un daño permanente. Una puerta que al fin se abre para revelar un personaje de cabellos muy largos que, bajo los efectos de quizás varias sustancias controladas, me recibe con un “ooooh, loooco, tenís sangre en la caaara”. Echarlo a un lado y lanzarme bajo el chorro de agua, para luego verme en el espejo. Darme cuenta que, aunque mi ojo esta entero, la carne sobre mi ceja está abierta en un tajo generoso que hace brotar mucha mas sangre de la que hubiera imaginado. Guau.

El dolor recién comienza.


El tratamiento con litio requiere un riguroso control médico pues el intervalo entre la dosis necesaria para que el fármaco haga efecto y la dosis tóxica para el organismo es muy corto. Por este motivo deben medirse las concentraciones sanguíneas del fármaco mediante un análisis de sangre dos veces por semana hasta que se alcancen niveles estables.


Todo tiene sentido, al menos para mí. Estar solo en un lugar hostil, golpeado y maltrecho, es el lugar que hoy me corresponde en el universo. Me siento en un rincón a esperar que la noche pase (ya es muy tarde para intentar volver a mi casa usando la locomoción colectiva.) Trato de ignorar lo que pasa a mi alrededor, lo cual no es tarea fácil. A esta altura la fiesta ya no es una fiesta, sino una caótica batahola generalizada entre adolescentes borrachos, la cual, curiosamente, ha sido gatillada por el incidente en que me vi involucrado hace un momento. Veo peleas, golpes, tipos magullados –varios mucho más seriamente que yo-, niñas histéricas que gritan y corren de un lado a otro, el caos. Pasa el tiempo, horas, y las cosas se calman, la mayoría de la gente se va. Otros pocos, como yo, nos quedamos tratando de dormir en algún rincón de aquella pequeña casa. Hace frío y me cuesta bastante quedarme dormido. De cuando en cuando, en plena oscuridad, palpo la herida sobre mi ceja derecha, que tercamente insiste en abrirse. Pienso en el hecho de llevar esta cicatriz sobre mi rostro por el resto de mi vida. Pienso también en un hombre joven, hermoso y triste, infinitamente más miserable que yo, decidiendo acabar con su vida. Pienso en su cabeza hecha pedazos sobre la alfombra de una casa demasiado grande para él solo.